¡PÉLATE, CABRÓN!

De mi parte, y porque mis amigos lo pidieron, les comparto una pequeña dosis de “literatura del norte”, desde Culiacán, Sinaloa… 

(y como siempre digo, el único de mis escritos que hasta el momento no encuadra con mi estilo, ni mis temas, pero al parecer, lo hace muy bien con la literatura de esta, mi región).

Espero se puedan dar el tiempo de leerlo, entenderlo, disfrutarlo y compartirlo.

 

¡PÉLATE, CABRÓN!

El ruido en el antro no bastaba para ocultar la carrilla del Machacas, que hacía que el Jota Ele se impacientara. ¿Y quién no se impacientaría cuando la carrilla es por tener el amigo chiquito? “¡Qué chiquito ni que nada!”, decía el Borrego. “¡Necesitas una pinche lupa pa’ ver esa madre!”. Y se carcajeaba.

Por eso esa noche el Machacas estaba chingue y chingue.

–¡Qué buenas están las morras!

El Luisín venía de Guasave, andaba entusiasmado porque sabía que las morritas de Culiacán estaban bien ricas y además, las de los antros eran superjaladoras. Su primo el Neil fue con él al antro y de volada se acoplaron con unas morras, invitándoles unos shots. Sabía que en esos lugares un carro del año bastaba para subir mínimo a dos, pero ambientarlas con unos traguitos tampoco estaba de más.

El Chabelo no se reía, o al menos no lo demostraba. Permanecía callado, sentado a un lado del hijo de su patrón. De vez en cuando volteaba a ver a los muchachos, esparcidos entre la multitud, uno sentado en la barra, otro en la mesa contigua, otro cerca de la entrada, y otros más por ai, todo bien organizado, “pa’ que al Jota Ele no le pase nada”.

El Róber llegó emocionado al antro, se bajó del taxi pensando excitado en la Lulú: “Esta noche no se me escapa”. Había parado en la farmacia para comprar una Levitra y tres paquetes de condones “con Multi O y texturizados pa’ que nunca se le olvide a la cabrona”. Unas horas antes de salir, se había masturbado, porque era un hombre precavido y por las creencias populares de que “era más seguro si le vaciaba el cartucho al fierro” y “así duraba más a la hora de la hora”.

Al escuchar la orden, el Chabelo desenfundó la “Fusca” –una beretta de nueve milímetros que conservaba como trofeo desde que abandonó las fuerzas policiacas y que su patrón, generoso por sus buenos servicios, le había mandado bañar en oro– y la apuntó a la cara del Machacas.

–¡Oiga, compa, no mame! Nomás estamos agarrando cura, no se ponga en mal pedo.

Pero el Jota Ele, totalmente alcoholizado, le respondió:

–Esto te pasa por andar de pinche mamón malacopa, cabrón vergas. Ahora sí te cargó la verga, pinche pendejo vergas, por andarte metiendo con quien no debes, a la verga.

–Pero somos compas, loco. No te pases de vergas.

–Compas pura verga, pendejo. ¡Chíngatelo, cabrón!

El taxi se había metido al estacionamiento, y el Róber se bajó justo enfrente de la entrada, le pagó al taxista y cruzó la puerta. Sentía que el vibrar del ritmo de la música le potenciaba su galanería. “Soy todo un warrior, y a la Lulú le encanta eso de mí”. Recorrió durante un buen rato el antro, buscando a su presa, pero la Lulú no aparecía por ningún lado. Después de dar varias vueltas, vio a lo lejos que la Margarita, la mejor amiga de la Lulú, salía del antro con un bato. “Chingado, capaz que ya están afuera y yo aquí buscando como pendejo”. Rápidamente se regresó a la entrada y cuando ya estaba cerca vio que del baño salían tres morras, y una de ellas era la Lulú. “Lourdes, mamacita”, pensó, y corrió para alcanzarla.

Antes de jalar el gatillo, el Chabelo pensó, con el rostro inmutable: “Las pendejadas que hace uno por un poco más de lana, pinches morros pendejos”.

La bala le entró al Machacas por el ojo izquierdo, destrozándole el cerebro, y ahí quedó recargado en el sillón de la sección “viaipí”, boquiabierto y mirando con su otro ojo las luces que bailaban en el techo. El Chabelo “radió” a los Chavos mientras levantaba al Jota Ele, que apenas podía estar en pie debido a los tres vasos de güisqui corriente que se había tomado, servidos directamente de una botella de “bucanas”.

Eran apenas las doce y media, era ya 25 de diciembre, y dentro del Ágora, el mejor antro de Culiacán, la música retumbaba ensordecedora y el ambiente estaba encendido. Los ímpetus ardían.

–¡Córrele!

Se escuchó un balazo y la raza gritó. Unos dijeron “córranle”. Otros simplemente gritaron, pero todos salían despavoridos del antro, y el Luisín entre ellos. “A chingar a su madre con las morras, primero está el pellejo”. Y corrió.

En el estacionamiento, el Róber ya estaba jaloneando en mal plan a la Lulú. Ella ya se quería ir con sus amigas a su casa. Se habían aburrido y aparte andaban ya bien pedas, y a la Margarita ya se la había llevado un amigo pa’ la salida norte, a coger. Pero como la Lulú no era de “esas”, le estaba diciendo que no al Róber: “No estés chingando, pinchi pendejo”. Esas fueron sus contundentes palabras. Fue entonces cuando un balazo sonó adentro del antro, a la Lulú se le bajó lo peda del susto y casi se mea, y el Róber se quedó mudo y quietecito.

–¡A la bestia! –exclamaron al unísono cuando vieron que la raza salía corriendo por la puerta principal, y esto lo aprovechó ella para desafanarse del enfadoso del Róber, que se quedó ahí parado mientras ella corría buscando a sus amigas.

–¡Inga tu madre! ¿Pos qué pasó?

Decía estas palabras cuando de la nada salió de reversa un Audi plateado, que lo tumbó y le pasó por encima con la llanta de atrás.

–¡Pélate, cabrón!

Espejeó después de sentir que el carro botó. En el retrovisor no se veía nada, solamente el caos de la gente que corría por el ruido del balazo. Pero cuando se asomó por el espejo lateral vio debajo de la llanta trasera un cuerpo que sacudía las extremidades arrítmicamente. “Es un morro y lo aplastaste. ¡Pélate, cabrón!”. Fue lo único que pensó mientras se cagaba del miedo. Pisó el acelerador y salió del estacionamiento del Ágora, se jaló rumbo a la avenida Obregón; al llegar giró a la derecha y antes de subir al puente que cruza el río Culiacán, volvió a girar a la derecha para pelarse por el malecón, emprendiendo la carrera rumbo a la colonia Las Quintas.

–Vámonos por unas morritas, Chabelo, y ‘traite’ el güisqui este que está bien perrón.

–Jalados.

Salieron por la puerta de atrás, se subieron a la Tacoma y se jalaron pa’ la salida sur.

A la una de la mañana el Ágora ya estaba cerrado y hasta el tronco de policías. Había dos muertos, uno adentro y otro afuera. Después de examinarlos, un poli exhaló con pena: “¡Ah, pobres pendejos!”. Y luego añadió, para resaltar lo obvio: “Se va a tener que cerrar por un tiempo este lugar”.

Por la misma calle, pero llegando a la Obregón, un taxi se disponía a dar vuelta hacia la izquierda, llevaba a su casa a un grupo de morritas asustadas. Al mismo tiempo, más allá, rumbo a la salida sur, una Tacoma que no se había detenido en ningún semáforo se estacionaba frente a una casa con un foco rojo en el exterior. “Jálense con una pa’ cada uno y dos pa’l morro”, dijo una voz. Y en otro punto de la ciudad, un auto del año, con el emblema de cuatro aros entrelazados, corría a toda velocidad por el malecón viejo, con el pánico sembrado en el interior: “Pendejo, atropellaste a un morro. Pendejo, si serás pendejo, animal”. Tan ensimismado iba el Luisín que no se fijó que más adelante, casi llegando al puente que va a dar a Ciudad Universitaria, giraban unas torretas color ámbar. La paranoia se apoderó de él y quiso evadirlas pasando por encima del camellón, pero terminó estrellándose con unos barriles rellenos de concreto que estaban ahí, cumpliendo la función, precisamente, de detener a los borrachos que quisieran cruzar al otro lado por encima del camellón.

Perdió el conocimiento por unos instantes.

–¡Pélate, cabrón! –le dijo la voz del subconsciente.

Despertó, salió del carro y se puso en pie a como pudo, caminó arrastrando un pie y sobándose el hombro derecho, pero no avanzó mucho, le dolía todo el cuerpo, sentía la cara hinchada y todo a su alrededor giraba.

–Ni pa’ huir fuiste bueno, Luisín. No mames.

Y cayó de bruces.

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