HECHIZOS DE LA NOCHE

Sus ojos brillaron desde la oscuridad, en el bosque, entre los árboles, escondido, sigiloso. La luna era enorme y redonda, ¡brillaba tanto! A esas altas horas de la noche, una jovencita pueblerina, con su gorro, su capa corta y su canasto, salió de casa, obligada, no tanto por el gusto sino por su escala moral: la urgencia de atender a un pariente enfermo y solitario.

comiendoSe internó en el bosque, temerosa de la noche, de la luna, de su brillo y de los aullidos lejanos de los lobos.

Él se agazapó, ocultó el brillo de sus ojos para que ella no notara su presencia, para que no percibiera la saliva que escurría de sus grandes colmillos, para que no viera el salto asesino ni la promesa de una violenta mordida en el cuello que, primero desgarraría y luego desangraría. Aunque, si eso no bastaba, también prometía la posibilidad de una muerte por asfixia.

Pero, la bala de plata de un cazador, sin brillo en los ojos, escondido también entre los árboles, frustró, a mitad del salto, las culinarias y sangrientas intenciones de aquel feroz hombre lobo.

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