HECHIZOS DE LA NOCHE II

Cosas pueden pasar, cuando una mujer vaga sola por las calles oscuras de los pequeños pueblos. Por ejemplo, dos hombres que la observasen podrían salir a su encuentro, mirarla a los ojos con deseo perverso, y ella, simplemente podría paralizarse.

Podrían tumbarla al suelo.

Uno de ellos la envolvería en un abrazo sensual mientras el otro, maliciosamente, le abriría las piernas, para darle un beso mortal: una mordida en la entrepierna. Dos puntas penetrarían suavemente, penetraciones que serían succión de vida a través del éxtasis. Luego se desatarían la violencia y el furor, con mordidas sobre los pechos, en las muñecas y en el cuello… pero inesperadamente sienten una punzada en sus corazones, como estacas que atraviesan el pecho desde la espalda y salen por el frente en forma de explosión, ¿arrepentimiento? ¿cargo de conciencia? No, eso jamás. Pero entonces, ¿qué estaba sucediendo? ¿qué era aquello que sentían que les desgarraba el corazón? No lo supieron.

Porque sí, precisamente, eran dos estacas de madera.

El cazador volvió a salvar a la inocente muchacha pueblerina que regresaba a casa. Aquí cabe aclarar que éste, nuestro cazador –ahora nuestro–, es quizás, admirador secreto de las jóvenes de apariencia extraída de cuento de hadas y que posiblemente, esta afición se deba a que la presencia de hombres como él solo es concebible en dichos espacios.

En fin, eliminó de la faz de la tierra a los dos malvados vampiros que esa noche, bajo la luz de la luna, desearon devorarla.

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